
Publicado en revista "City" N°1
Los excesos de entusiasmo son tan nocivos como el fatalismo autodestructivo que a veces parece asaltar a distintos actores del medio audiovisual chileno. Mientras algunos prefieren adoptar el cliché del nuevo “boom” del cine chileno a riesgo de volver a pegarnos un guatazo como tantas veces antes; otros, simplemente descreen de cada nuevo paso, sintiéndose responsables de alertar sobre los falsos profetas y dejar en claro que aún en Chile, en lo que a cine se refiere, no le hemos ganado a nadie.
Y bueno, hay que ser claro en una cosa: no tenemos una industria de cine en Chile. Quizás nunca la tengamos. Simplemente porque desde nuestra condición de país tercermundista jamás tendremos la posibilidad real de desarrollar una. No somos Estados Unidos –por suerte-, ni tampoco la India, con esa industria local enorme o Hong Kong con un enorme mercado cautivo. Y es prácticamente imposible tener una real industria del cine (con grandes estudios y compañías productoras, con grandes recursos para producciones comerciales), por la misma razón que Chile nunca será una potencia atómica o desarrollará su propio programa espacial.
Lo que hemos estado presenciando en el último tiempo no es el nacimiento de esa industria, pero sí la creciente profesionalización del área audiovisual. Y eso no es nada de malo. Esto incluye desde la ley del cine (que vela por contratos, imposiciones y reglamente horarios para los trabajadores del área), hasta el surgimiento de especializaciones que son de primera necesidad: como la producción ejecutiva o el guión.
Hace poco un conocido actor me comentaba –a raíz de la polémica por las críticas a “Fuga”- que nadie habla de aquellas producciones que respetan los horarios, pagan a tiempo y funcionan correctamente en lo laboral. “Eso también es un aporte al avance del cine chileno”, decía.
El cine es arte. Identidad nacional. Es bonito. Etcétera. Pero también hay que pagarle a la gente. Hacer las cosas bien. Y hacerlas con las personas adecuadas. Que sea el productor el que se encargue de conseguir el financiamiento, mientras el director dirige. Y que sea un guionista el que escriba. Ya está quedando atrás, por suerte, esos proyectos que por necesidad, urgencia, circunstancias –y a veces también por ego- eran pensados, escritos, producidos y dirigidos por una misma persona. Y muchas veces, esa persona era la única que lo apreciaba.
Y claro, falta mucho, los boom son pasajeros, hay que andarse con cuidado, no creerse el cuento, no soñar a lo Hollywood style y avanzar de acuerdo a nuestras reales posibilidades. Sin olvidar tampoco que el cine aún trata de historias. De cuentos y sueños. Pero que si se profesionalizan, estos puedes salir mucho mejor.